Ánforas y vasijas de arcilla
El recipiente original del vino: 8.000 años de antigüedad. El vino se elaboraba en ánforas de barro milenios antes de la invención de las barricas de madera. Los kvevri de Georgia, enterrados bajo tierra, mantenían una temperatura constante y permitían una microoxigenación totalmente natural. Esta técnica ancestral fue redescubierta en la década de 1990 por los pioneros de los vinos naranjas y naturales.
Al igual que el hormigón, el barro cocido no aporta sabores aromáticos a roble (como vainilla o coco). A diferencia del cemento, el líquido está en contacto directo con la arcilla cocida, lo que puede resaltar matices terrosos, minerales y una textura en boca sumamente particular. Muchos productores de ánforas dejan fermentar los vinos blancos en contacto prolongado con sus hollejos, creando los famosos “vinos naranjas” con tono ámbar y taninos sutiles.
Un movimiento selecto de enólogos argentinos de vanguardia está experimentando con ánforas — especialmente con Torrontés, Criolla y Malbecs ligeros de parcelas extremas. El resultado son vinos con alma milenaria y frescura ultramoderna.